Mikel Gorriaran, desventuras de un vasco en Cadiz
9 Mayo, 2007
Me llamo Mikel Gorriarán, llevo 15 días en Cádiz y me estoy, o me están volviendo loco.
Os contaré mi historia. Soy investigador privado y me he venido a Cádiz
a resolver un caso simple, pero la verdad es que a cada día que pasa se
vuelve más complicado. Tan sólo se trataba de descubrir al amante de la
mujer de un alto mandatario vasco; comprenderán ustedes por tanto que no dé su nombre, además porque me debo al secreto profesional
En principio no tenía muchas pistas. Sólo sabía que el hombre en cuestión era de Cádiz, se llamaba Manuel Ramírez, que trabajaba en el Puerto de Cádiz y que le conocían con el alias de picha. Así que el individuo en cuestión debía estar bien dotado, ya que además de amante de la mujer del político, eran conocidas sus correrías por el Puerto de Bilbao. También usaba otro sobrenombre: “quillo”.
Con estas pistas, tomé el avión hasta Madrid y de allí enlacé con el
tren hasta Cádiz. Llegué a la estación, cogí un taxi y mientras iba camino
del hotel, intenté entablar conversación con el taxista. La cosa quedó en
eso, en el intento. Porque que yo sepa una conversación es entre dos o más personas, pero el taxista no me daba opción ya que hablaba por los codos, y de modo ininteligible. Lo hacía de forma sumamente apresurada y las pocas palabra que podía caza al vuelo estaban incompletas. Quise preguntar por el puerto, pero sabiendo que su respuesta no la entendería, lo dejé para mejor ocasión.
Llegué al hotel “Playa Victoria”, y como mi interés era buscar al tal
Manuel Ramírez, en principio consulté la guía telefónica de la ciudad;
pero como presumía, aquí había demasiados Ramírez. En mi tierra hubiera
sido muy fácil. Así que opté por buscar pistas en su lugar de trabajo.
Salí a la calle y pregunté por el puerto. Un señor muy amable me dijo
que lo mejor era coger el autobús de los Comes, pero que para eso tenía que ir a Cádiz.
Aquello me desconcertó. ¿Dónde estaba yo?. Empecé a atar cabos.
Efectivamente cuando llegué a la terminal de la estación no ponía Cádiz, sino Cortadura. Y además recuerdo que en el trayecto di unas cabezadas, y claro en ese intervalo pudo haber algún enlace, o algo, no sé. Lo cierto es que yo no me encontraba en Cádiz. Pero no debía estar muy lejos.
Paré un taxi y con gesto decidido le dije al taxista que me llevara a
Cádiz. El me contestó ¿A Cádiz adónde?. Y le contesté algo enfadado que
a Cádiz, joder, a Cádiz, de una puta vez quiero llegar a Cádiz.
Ya luego el taxista con mucha paciencia y muy despacito me explicó que
donde yo estaba era Cádiz, pero no era Cádiz. A ver si lo explico bien.
Resulta que la gente aquí le llaman Cádiz a la parte antigua y desde
unas murallas para adelante le llaman Puerta Tierra. Así es que en realidad
yo estaba en Cádiz, pero en Puerta Tierra. No sé si lo expliqué bien, pero
yo ya lo he entendido.
Llegué por fin a la estación de autobuses de Comes, pedí un billete
para el puerto y me subí al autobús correspondiente. El trayecto fue
relativamente corto, si acaso 30 minutos; pero la verdad es que yo
creía que Cádiz era más pequeño. Sin duda me habían informado mal. Y además mi trabajo aquí se complicaba, puesto que habría que buscar en una ciudad más grande de lo que pensaba.
Pero mis sorpresas no habían acabado. Llegado a la estación terminal
pregunté por el puerto. Mi interlocutor me miró con mal genio y me dijo
> que esto era El Puerto. Yo no entendía nada. Ese hombre enfadado y yo
no veía barcos por ningún sitio.
La verdad es que el hombre tuvo más paciencia que el santo Job. Me fue
explicando poco a poco que aquello era El Puerto de Santa María, pero
que por todo el mundo (todo el mundo menos yo) era conocido como El Puerto.
Y además me dijo que eso no era Cádiz, que Cádiz estaba allí enfrente.
Que El Puerto era un pueblo de Cádiz y que si lo que quería era ir al puerto
de Cádiz que cogiera el vaporcito y me dejaría allí mismo.
Total, antes lo de Cádiz, que no era Cádiz que era Puertatierra y ahora
que El Puerto es un pueblo de Cádiz y, entonces digo yo ¿cómo le llaman
al puerto, al de los barcos, al puerto de siempre?
Subí por fin al que llaman el vaporcito de El Puerto, que para que lo
sepan ustedes, no es un barco de vapor. No, porque aquí en Cádiz o
donde coño esté ahora, no le llaman a las cosas por su nombre. Sí, le llaman vaporcito, pero en realidad es un barco que va a gasoil. Y llegué por
fin al puerto de Cádiz, que aquí le llaman “el muelle”. Una gracia que me ha
costado una gran pérdida de tiempo y dinero, que además no sé cómo
justificar ante mi cliente, porque me temo que no me va a creer, y
tampoco quiero darle muchas explicaciones porque seguro que voy a ser objeto de burlas.
Bien, obviaré todos estos inconvenientes y pasaré a la acción. De
siempre las mejores informaciones se consiguen en los bares, así que me acerqué al bar más próximo al puerto (perdón “al muelle”), uno que se llama
“Lucero” y pedí un tubo (de cerveza, se entiende), pero el camarero no lo
entendió.
Yo más o menos le expliqué lo que quería y él con aire de suficiencia
me dijo: “Ah, usted lo que quiere es un bó”. Joder, no sabía yo que también
tenían un idioma particular los gaditanos.
Me acomodé en la barra del bar y puse la oreja atenta a lo que allí se cocía. Me acerqué la cerveza a los labios, tomé un trago largo y de pronto
escuché la palabra mágica: “Picha”.
¡Dios!, por fin la suerte me vino de cara. Casi no podía creérmelo. Me atoré con la cerveza, me puse perdido, pero merecía la pena. Había encontrado a la persona que estaba buscando. ¡Bendita suerte la mía!.
Con disimulo me acerqué a los dos hombres que charlaban de un tema que no
comprendía, pero tenía que ver con la música y con los coros. Y con un
jurado, que por lo visto no tenía ni idea. Gente, sin duda muy
creyente.
Aunque mal hablada eso sí, se escapaban de vez en cuando, demasiado de
cuando en cuando, palabras mal sonantes, que no creo que deban
reproducirse aquí. Pero, a mi lo que me interesaba era que uno de ellos
fuera “el picha”. Y para asegurarme que esa era el tipo que buscaba,
pedí otro bó y pequé la oreja a la conversación.
Efectivamente, a lo largo de la conversación, uno de ellos: un tipo
bajito (1,65 no más), moreno, 40 años, delgado, que no tenía ni media
bofetada, era llamado constantemente “picha” por su compañero de conversación.
Jo, pensé, Dios le da pañuelos a quien no tiene nariz. No sé si lo captan
ustedes. Porque aquél tipo se estaba trajinando a la mujer de mi cliente.
Y aunque esté mal decirlo, porque soy un profesional, es una hembra de
bandera. No me extraña que a ese tipo le llamaran “el picha”, porque
sin duda era lo único bueno que tendría.
Bueno, bueno, que me desvío de la trama. Había dado con el individuo,
eso era lo importante. Esperé tranquilamente a que acabaran la conversación
y seguí al “picha” con la idea de abordarlo solo y sin testigos. Y ocurrió
un caso hasta ahora inédito en mi dilatada carrera. Se encontró con un
amigo suyo y al saludarlo le dijo ¿qué pasa PICHA?. Y el otro le
contestó:
muy bien PICHA., ¿y tú?
Si, efectivamente, había dos individuos con el mismo alias. Y a decir
verdad, este segundo tipo tenía mejor planta de amante que el
escuchimizado de antes. Pero en esto de la investigación nunca se puede
descartar a ningún sospechoso. Lo malo de todo esto es que ahora tendría
que doblar mis esfuerzos y hacer seguimientos alternativos, para
comprobar
cuál de ellos era el verdadero amante.
Opto en principio por seguir a este último ya que lo veo con mejor
planta., pero sin descartar, como buen profesional que soy, al tipo
escuchimizado. El individuo toma un autobús y entabla conversación con
un conocido suyo al que llama “quillo”. ¿Dios!, esto se complica a cada
paso.
Ahora tengo a dos “pichas” y aun “quillo”. Mi instinto de dectective me
dice que estoy siguiendo una pista falsa. Empezaré de nuevo, así que
vuelvo al bar del “muelle” y le pregunto al camarero que si conoce a
tal Manuel Ramírez que trabaja en el puerto. Me dice que con esos datos no
le suena y que además El Puerto le queda algo lejos. Caigo entonces en la
cuenta y rectifico diciéndole que donde trabaja es en el “muelle”. No
cae.
Le digo entonces que le conocen con el apodo de “picha” y también con
el de “quillo”. El tipo del bar se carcajea en mi cara. Y me aclara que
aquí todo el mundo es “piocha” y “quillo”. La poli, sin duda, aquií lo tiene
complicado.
Te estás luciendo Mikel, me digo para mí. Otra cagada. No obstante el
camarero me dice que pregunte por “Paco el bigote” que en el muelle es
el que contrata a los estibadores. Después de darle todos los datos de que
disponía sobre el tal Manuel Ramírez, que según tenía entendido
trabajaba en el muelle y que durante seis meses trabajó en el Puerto de Bilbao (lo
de los apodos lo omití, porque con el cachondeo del camarero ya tuve
bastante) aquél me contestó de mala gana, que ya no trabajaba allí. Que
según tenía entendido ahora trabajaba en la Residencia. Yo le pregunté
que ¿en cuál residencia?. El contestó, con menos ganas que antes, qué en
cuál iba a ser, joé, pues en la Residencia. Era ya tarde, y como la verdad
había conseguido bastante información, volví al hotel, a comer. Lo de
la residencia lo dejaría para la tarde.
Pensé que era buena idea tomar un pescado para el almuerzo, que aquí lo
habría de haber bueno con tanta costa. Así que le pregunté al camarero
que
si tenía pescado. El me contestó que tenía “zapatillas mu fresquitas”.
A mí sinceramente me importaba un pimiento lo que se calzaba el fulano.
Yo lo que quería era comer, y además no sé a qué venía aquello de las
zapatillas. El tipo me estaba vacilando o tendría a medias una zapatería
con algún cuñado y me hacía la propaganda. Obvié el comentario e
insistí
en lo del pescado, pero el camarero volvió con lo de las zapatillas
fresquitas. Puse mala cara y el camarero debió notarlo, ya que
inmediatamente me aclaró que así le llaman aquí a las doradas. Gente
rara esta de Cádiz!. No hay Dios que los entienda con lo que corren hablando,
las palabras que las pronuncian a medias y para colmo le cambian el
nombre a las cosas. Luego dicen que el euskera es difícil. No, euskera fácil,
gaditano difícil.
Después de una buena siesta reparadora, volví a la faena. Tendría que
averiguar a qué residencia en cuestión se refería “Paco el bigote”.
Deduje sin duda de que tenía que ser muy conocida, por la forma en que el
susodicho me dijo:”cuál va a ser, joé, pues la residencia”. Perspicaz
que es uno.
En la misma recepción del hotel me dieron la información que
necesitaba.
La Residencia estaba a cien metros del hotel. Un paseo siempre vendría
bien, pero llevaba cierto tiempo andando y no encontré ninguna
residencia.
Pregunté a un transeúnte y me contestó que la había pasado, que estaba
a dos bocacalles. Así que volví sobre mis pasos, pero yo no encontré
ninguna Residencia. Volvía a preguntar, ¿Por favor, la Residencia? Pues eso que
tiene usted delante. Pero… ¡eso es UN HOSPITAL! Aquí le decimos La
Residencia, me contestó la señora y se quedó tan pancha y de camino me
echó una mirada como diciendo, pareces tonto.
Bien, a partir de ahora no volveré a caer en estas artimañas. Porque
para mí estaba claro que había algún tipo de complot, y entre todos los
gaditanos intentaban marearme con nombres equivocados a cosas que solo
pueden un nombre.
Investigué en el hospital y saqué un dato importantísimo. Allí
trabajaba
desde hacía dos meses un tal Manuel Ramírez que estuvo cierto tiempo en
Bilbao, según todo ello me confirmó un celador de la Residencia. No
pudo decirme su dirección concreta, aunque me dijo que vivía por la Plaza de
Toros.
Iba, a pesar de la cantidad de datos “incorrectos”, cercando al
sospechoso. Dar con la Plaza de Toros sería tarea simple.
Eso pensé, pera hasta el día de hoy (y llevo quince días aquí) no he
conseguido dar con ella. Y tiene que estar ahí, porque una Plaza de
Toros
es una Plaza de Toros, y a eso no le pueden cambiar el nombre. Y además
a todo el que le pregunto me dice que “dos calles más pallá” o una
“mijita más palante”. Luego eso confirma mi teoría: hay una Plaza de Toros.
Todos me hablan de ella, pero yo no la encuentro. Me estoy, o me están
volviendo loco.
Definitivamente dejo el caso. Y como dicen los de aquí, me juannajo.
Cachondo Pedrin , gracias por el cuento …







